Abbey Lincoln / San Sebastian 1998
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El Jazz y la Fotografía comparten la singularidad del reflejo y la proyección especular en ventanas de ángulo y dimensiones subjetivas. Quizá por eso, el azogue presente en ambos se infiltra en las imágenes tomadas u observadas y, así, donde sólo debiera destacar el instante de la música, se entremezcla por ejemplo el dolor de rodillas de un grupo de fotógrafos tratados como ganado por una organización intolerante. O, del otro lado, el contrapunto patético de algún acelerado de la cámara que destroza un solo con la despiadada ráfaga de su ultramoderna reflex digital mientras se abre paso a codazos o se sube a una silla molestando a un público que, a su vez, ayuda a profundizar en el desastre aclamando en ocasiones a la mediocridad, el aporreo de instrumentos o los pastiches made in USA o Spain.
¿Estaremos, desde uno y otro lado del espejo, matando el Jazz y la Fotografía de Jazz? Puede que todo el mundillo que nos movemos en torno al Jazz debamos mirarnos así, abiertamente, en la distorsión de nuestras imágenes y volver a la simplicidad que demandaba el gran Julio:
“…un tal pianista con algo de tigre y felpa, un tal pianista triste y gordo, un tipo al piano y la lluvia sobre la claraboya, en fín, literatura.”
Rayuela, capítulo 18

“…todo eso en una música que espanta a los cogotes de platea, a los que creen que nada es de verdad si no hay programas impresos y acomodadores, y así va el mundo y el jazz es como un pájaro que migra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde…”
Julio Cortázar Rayuela, cap. 17