Archivo de Marzo 2008

El hombre almohada
28 Marzo 2008
Ayer fuimos a ver “El hombre almohada” en el teatro Español de Madrid. Las referencias anticipaban un texto sobre la violencia contra los niños, pero yo creo que la obra va más allá y describe el “peligro” de la literatura, también en la infancia. Su final, así lo quiero interpretar yo, es una victoria de la literatura sobre el hombre ( o el fracaso del hombre frente a la literatura). Lo que no tengo claro es si ese final es el que más deseo.

Historias
26 Marzo 2008
A este lado del paraiso
24 Marzo 2008(A Este lado del Paraíso)
Margarita García Buñuel
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“Es verdad, tienes razón a fin de cuentas –convine, conciliador-, pero, en fin, estamos todos sentados en una gran galera, remamos todos, con todas nuestras fuerzas… ¡no me irás a decir que no!… ¡Sentados sobre clavos incluso y dando el callo! ¿Y que sacamos? ¡Nada! Estacazos sólo, miserias, patrañas y carbonadas encima. ¡Que trabajamos!, dicen. Eso es aúm más chungo que todo lo demás, el dichoso trabajo. Estamos abajo, en las bodegas, echando el bofe, con una peste y los cataplines chorreando sudor, ¡ya ves! Arriba, en el puente, al fresco, están los amos, tan campantes, con bellas mujeres, rosadas y bañadas de perfume, en las rodillas. Nos hacen subir al puente. Entonces se ponen sus chisteras y nos echan un discurso, a berridos, así: “Hatajo de granujas, ¡es la guerra! –nos dicen-. Vamos a abordarlos, a esos cabrones de la patria nº 2, ¡y les vamos a reventar la sesera! ¡Venga! ¡Venga! ¡A bordo hay todo lo necesario! ¡Todos a coro! Pero antes quiero veros gritar bien: ¡Viva la patria nº1! ¡Que se os oiga de lejos! El que grite más fuerte, ¡recibirá la medalla y la peladilla del Niño Jesús! ¡Hostias! Y los que no quieran diñarla en el mar, pueden ir a palmar en tierra, ¡donde se tarda menos aún que aquí!”.
Viaje al fin de la noche. Louis-Ferdinand Céline. 1932.

Salvajes ambonios
23 Marzo 2008
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
Julio Cortázar, Rayuela, capítulo 68

