Archivo de Abril 2009

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El último salto de Saray

29 Abril 2009

Lo cuenta Daniel Borasteros en El País  y es la noticia que más me ha llamado la atención de la poblada edición dominical del periódico. Me apetece reproducir la crónica, mientras imagino el rostro de Saray.

Saray se lanzó, enroscada, contra la cuneta de la carretera de Barcelona a la altura de Coslada tras deslizar la puerta de la furgoneta. El vehículo iba a 120 kilómetros por hora. Tenía 14 años, era muy besucona, le gustaban los macarrones con tomate y la apodaban Sara, Sarita, la loquita. Murió el pasado domingo tras permanecer una semana ingresada en el hospital infantil Niño Jesús, de Madrid. Para entonces su hermano, de 15 años, con el que se había criado al cuidado de su abuela, ya había iluminado cientos de velas electrónicas en la capilla, gastando seis euros diarios, y había sido ingresado por un fuerte ataque de ansiedad. Nunca se habían separado. Hasta julio de 2008, cuando a ella la condujeron al centro terapéutico Casa Joven, en Azuqueca de Henares. Los dos habían crecido en casa de su abuela, Alejandra, en una casa poblada por un montón de tíos, tías y primos en paro. Sus padres ingresaron en prisión “por asuntos de drogas” cuando tenía cuatro años. “¡No han matado a nadie!”, repetía la pequeña cuando alguien pretendía herirla. [...] En la plaza, junto a la parada del autobús, desembocan los grupos de adolescentes -anillos de color dorado, pendientes con forma de diamante, enormes aros que acarician los hombros- que se sientan en círculos a ver cómo se oculta el sol. Era la zona favorita de Saray, que siempre salía con chicas mayores que ella, de hasta 20 años. Juntas escuchaban “flamenquito de tipo agitanado” bajado de Internet y fantaseaban con la idea de conseguir un teléfono móvil. Nunca vinieron muy cargados los Reyes Magos. Sólo los que le traían cuando era casi un bebé los voluntarios de Cruz Roja. Su hermano, como siempre, ejercía de sombra. La espiaba. “Era su protector y su detective”, recuerda un familiar. Porque Saray, de vez en cuando, se metía en líos. “Era muy terca y se peleaba”, explica ese mismo pariente, que dice que el único problema de la chica era que no le gustaba estudiar y su abuela le “consentía mucho”. “Le faltaba la figura paterna”, sentencia. Saray y su hermano pasaron a ser responsabilidad de la Junta de Castilla-La Mancha hace cuatro años. Su abuela no podía hacerse cargo económicamente de ellos. Sólo dispone de una pensión de viudedad. Su marido, El Jaro, falleció hace una década. Trabajaba de manera temporal en lo que le encargase el Ayuntamiento de Ciudad Real. La abuela conservó en acogida a sus nietos, aunque la tutela fuera de la Administración. Hasta que se decidió que Saray se trasladase a Casa Joven. Antes, vivían junto a una gran cantidad de parientes en un piso de tres habitaciones, “para familia numerosa”. Ella dormía en el mismo dormitorio que una de sus tías. Sus otros tíos viven en el piso de arriba y están todos -”nosotros también”- en paro. Él trabajaba en la limpieza nocturna de un centro comercial, pero “con la crisis me he quedado fuera”. Sus dos hijos mayores dejaron de estudiar muy pronto y no encuentran nada. El menor de ellos tiene cuatro años y era uno de los juguetes favoritos de Saray. “Anda tío, déjame al niño que me lo llevo por ahí”, decía la niña antes de desaparecer con su primo camino a la plaza de siempre. En aquella casa, el tercero de un bloque estrecho, sonó el teléfono el pasado martes. ¡Ring, ring! Y la voz de Enrique Múgica, el Defensor del Pueblo se coló en la vivienda. Quería saber cómo estaban. Explicarles que ya había ido a inspeccionar de nuevo Casa Joven, uno de los centros peor parados en un informe que elaboró su oficina durante 2008. Una visita que “revolucionó” bastante a los niños, según trabajadores del lugar. A Saray, el centro, “al principio le gustaba”. Luego ya le dejó de gustar. Se trató de escapar dos veces. “Le faltaba libertad, siempre la acompañaban monitores a todos lados cuando la íbamos a visitar, no la dejaban sola”, revela su tío. Otros familiares deslizan que la niña protestó porque alguna vez se sintió agredida.

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El brazo ausente

26 Abril 2009

Josef SudeK. Naturaleza muerta en casa del fotógrafo.1960

Alquiló un pequeño taller que daba a un jardín umbrío y en él trabajó y vivió los cincuenta años que le quedaban de vida. La guerra y la pérdida del brazo habían trastornado su juventud. Los obstáculos en mi camino se convirtieron en mi camino, escribe Nietzsche. La verdadera vocación puede ser un camino que sólo se abre por azar cuando se han cerrado otros que parecían más evidentes. Si no hubieran tenido que amputarle el brazo derecho a la altura del hombro por culpa de una herida de guerra infectada Josef Sudek habría sido encuadernador. Y sin la pequeña pensión de invalidez que le quedó después de la guerra no habría podido dedicarse en cuerpo y alma a la fotografía. Empezó haciendo retratos de los veteranos con los que coincidía en los hospitales, figuras de aquella población de espectros mutilados o enloquecidos que quedó en Europa después de la carnicería, pero iba a tardar algunos años en encontrar su estilo. Con veintitantos años tenía que aprender a vivir con un brazo de menos, a manejar la cámara y los procesos del revelado. Pero más difícil era aprender a mirar aquellas cosas en las que nadie reparaba aunque estuvieran a la vista de todos. Para hacer algo era preciso centrarse: elegir o encontrar una posición fija en el aturdimiento y la variedad del mundo; como ajustar el foco de una lente. Para mirar Praga, Josef Sudek tuvo que irse brevemente de Praga. Viajó hacia el sur y en aquel amanecer italiano -las llanuras fértiles, las distancias brumosas, interrumpidas por casas o árboles- vio de nuevo el lugar en el que su primera vida había sido destrozada por la metralla, y al no encontrar el brazo que le faltaba lo que descubrió fue el otro brazo y la otra mano invisibles gracias a los cuales iba a resonar el misterio de su invención poética.

El caminante de Praga. Antonio Muñoz Molina

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Discúlpese usted

24 Abril 2009

4.010.700

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Discúlpese usted

Hay individuos a los que les ha llegado la crisis a la cabeza, pero no al bolsillo, e individuos a los que les ha llegado al bolsillo, pero no a la cabeza. Cuando uno de los del primer grupo come con uno de los del segundo, paga indefectiblemente el del segundo, o sea, el que está mal de dinero pero bien de ánimos, lo que se traduce en que el endeudado se endeuda más, contribuyendo a que suban los índices de morosidad, mientras que el que podría hacer circular un dinero oxigenado lo retiene en la cuenta corriente, colaborando al empeoramiento del catarro o estreñimiento económico del que somos víctimas. La economía es muy complicada; cuando el dinero dice que no sale, es que no sale, por más laxantes que le apliques.

La injusticia señalada anteriormente (que invite a comer el que menos tiene), trasladada al cuerpo social, se aprecia en el hecho de que siendo ésta una crisis de derechas, quien está pagando el pato es la izquierda; siendo una crisis provocada por el capital, está sufriendo sus consecuencias el trabajador; siendo una crisis inducida por los malos, se está llevando por delante a los buenos. Dado, además, que hay un tercer grupo, no citado al principio, entre los que se encuentran aquellos individuos (mayormente de izquierdas) a los que la crisis ha llegado de forma simultánea a la cabeza y al bolsillo, podríamos decir que el estado psicológico de la progresía es preocupante.

En otras palabras, que si el Gobierno socialista no se atreve a aplicar las recetas que aplicaría un Gobierno socialista, la debacle electoral está garantizada, pues mucha gente empieza a pensar que si vamos a salir de la crisis con soluciones de derechas, sería mejor que las aplicara el PP, que tiene experiencia y carece de escrúpulos. Entre tanto, si a usted le invita a comer su jefe, discúlpese. Seguro que le toca pagar.

Juan José Millás

 

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Secuestro Express

22 Abril 2009

Secuestro Express

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20 vidas por cada letra

16 Abril 2009

 

En Koba el terrible, Martin Amis reproduce una frase de Robert Conquest en The Harvest of Sorrow: Soviet Collectivization and the Terror-Famine :

“Quizá podríamos poner un su justa perspectiva el presente caso diciendo que se perdieron veinte vidas, no por cada palabra, sino por cada letra que hay en ese libro”.

Esta frase representa 2.700 vidas. El libro tiene 411 páginas, añade Martin Amis.

Recuerda a Grossman en su Vsie techiet:

“Conocí a una mujer que tenía cuatro hijos. Les contaba cuentos de hadas y leyendas para que se olvidaran del hambre. Apenas podía mover la lengua, pero los llevaba en brazos aunque apenas tenía fuerzas para levantar los brazos solos. El amor seguía viviendo dentro de ella. Y todos se daban cuenta de que donde había odio la gente se moría más aprisa. Pero el amor no salvó a nadie. Murieron todos los de la aldea, desde el primero hasta el último. No quedó en ella ningún vestigio de vida”.

Sigue Amis

“El hambre era un hambre impuesta: se quitaba la comida a los campesinos. El 11 de junio de 1933, el periódico ucraniano Visti felicitó a un “despierto” agente de la policía política por desenmascarar y detener a un “saboteador fascista” que había escondido pan en agujero tapado con un puñado de tréboles. La palabra fascista. Ciento sesenta vidas”.

La palabra “fascistas”.

Me paro en una de sus primeras reflexiones: 

“¿En qué se diferencia un coche comunista de un proselitista comunista? Respuesta: En que al proselitista le puedes cerrar la puerta. He aquí una paradoja reveladora: siempre se ha podido bromear a costa de la Unión Soviética, pero nunca sobre la Alemania nazi. No es sólo una cuestión de respeto. En el caso alemán, la risa se va automáticamente. Con el permiso de Adorno, no fue la poesía lo que se volvió imposible después de Auschwitz. Lo que se volvió imposible fue la risa. La inmersión en los hechos de la barbarie bolchevique puede aumentar la resistencia a admitirlo, pero dicha inmersión no borrará nunca la risa de la barbarie”

Así pues, 11.850 vidas