El señor López

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En 2004, con 82 años, le concedieron un Goya de Honor. Fue su primer y único Goya. Se ve que ninguno de los señores de la Academia se habían dado cuenta hasta entonces de la filmografía del personaje, con un par de docenas de películas entre las mejores de la historia del cine español. De él escribió David Torres :

Su capacidad para ubicarse indistintamente a uno y otro lado de la barra del bar, de los barrotes carcelarios o de la ventanilla bancaria, proviene directamente de la boca, proclive al desaliento y a la sonrisa tierna, y de los ojos, dos piedras oscuras arrojadas a la charca del desencanto. Toda la melancolía del mundo ha pasado por el fondo de esos ojos, un rosario de misterios dolorosos y de vidas ajenas, que a pesar de todo, siguen brillando con la mirada de un niño que no se atreve a pedir un caramelo, un niño al que se le ha escapado un globo, una vida. También: la del señor al que acaban de dar calabazas y se queda en una esquina, compuesto y sin novia; la del empleado leyendo la carta de despido; la del jubilado al que le han cerrado la ventanilla en las narices después de tres horas de cola. Y la gente se ríe.

Todas las pequeñas tragedias cotidianas de un país llamado España se aglomeran en los pocos centímetros de ese bigote que quiere ser cómico y que no puede serlo. Este hombre no es serio, pero el siglo veinte le cuelga de las arrugas del cuello y la posguerra entera cabe en esa frente agobiada por el insomnio y las deudas y el hijo que se fue a Alemania. Una vez tardó veinte minutos en morirse dentro de una cabina de teléfonos, sudando, resoplando, aflojándose el cuello de la camisa, perdiendo la calma pero jamás la dignidad, y no entendimos que se ahogaba en el mismo aire pegajoso, ridículo y mezquino en el que nos asfixiamos durante cuarenta años. Y la gente se ríe.

Descanse en paz el señor López.