el mundo fragmentado

Un cojo en el Tour de Francia

A Vicente Blanco no le preocupaban estos honores un poco absurdos. El Cojo pedaleó desde Bilbao y llegó a la capital francesa el 2 de julio de 1910, extenuado, desorientado y hambriento. El Tour comenzaba al día siguiente. Tenía las señas de un mecánico español que trabajaba en la fábrica de bicicletas Alcyon, quien le dio una nueva y le acompañó a la sede de L’Auto para recoger su dorsal, el 155. Después, cenó lo que pudo para reponer las fuerzas gastadas en los mil kilómetros de viaje en bici, durmió mal y se levantó muy débil. En la salida, vio de cerca a los campeones de la época: Lapize, Faber, Cruppelandt. Blanco había declarado en Bilbao que esos grandes nombres no le arredraban: “Ellos dan pedales como yo”. Pero también parece que daban pedales un poco más rápido. Comenzó la carrera, los favoritos salieron disparados, y Blanco no volvió a verlos más. Ni siquiera al día siguiente. El bilbaíno no duró ni una jornada en carrera.
Aunque Vicente Blanco no figura en la clasificación de aquella etapa, él aseguró que había llegado a la meta de Roubaix. Fuera de control, eso sí. Achacó el fracaso a las averías y a las caídas, pero, sobre todo, a una circunstancia clave: “No pude hacer nada contra aquellas fieras bien alimentadas”.
El hambre era una obsesión para estos ciclistas pioneros. En aquellos Tours, los ases del pelotón contaban con la ayuda de sus compañeros de equipo y de sus auxiliares. Pero muchos corredores participaban por su cuenta en la categoría de isolés, aislados. “El corredor sale solo a la aventura”, decía el reglamento. Victorino Otero, un cántabro que participó en 1924, fue uno de esos isolés: “Ni por cien mil pesetas vuelvo a salir en el Tour. Nosotros no teníamos quien nos diese avituallamiento y debíamos parar en las tiendas para comprar comida. A veces, poco antes de los controles, los primeras tiraban pollos enteros porque les iban a dar otros frescos, y nosotros nos lanzábamos a buscarlos por las cunetas”.
Así que cuando Vicente Blanco regresó derrengado y famélico del Tour, los directivos de la Federación Atlética Vizcaína y del Club Deportivo de Bilbao sabían cuál era el mejor homenaje para su héroe ciclista: un banquete. El cronista Julián del Valle relata la comida que se organizó en Balmaseda: abrieron boca con una paella a la vizcaína -Vicente se sirvió “dos platazos con abundantes tropezones”-, siguieron con merluza en salsa verde -“se zampó cuatro tajadas y rebañó la salsa”-, mermejuelas con picante y un chuletón de buey de medio kilo con pimientos. El ciclista royó el hueso del chuletón hasta dejarlo mondo y preguntó si podría comer otro más. Los comensales se rieron: “¡Cuidado, Bixente, no te vaya a hacer daño!”. Pero El Cojo atacó la segunda chuleta y no levantó la vista del plato: “¡Si estoy empesando!”. A los postres, cuando sacaron la fruta, la rechazó: “La fruta, pa los monos”. Satisfecho, se puso a liar un pitillo antes de tomar el café. De pronto, los camareros aparecieron con unas fuentes de loza rebosantes y a Vicente se le petrificó el gesto: quedó con la mandíbula descolgada y se le cayó el pitillo. Luego, con una mueca de dolor, se palpó el estómago hinchado y balbuceó entre sollozos: “No hay derecho a esto, hombre… ¡Haber avisao que teníamos arrós con leche.

Este texto es parte del libro Plomo en los bolsillos. Un capítulo breve del mismo está dedicado a Vicente Blanco

Advertisement

Escrito por zoemar

08/07/2010 a 1:57

Escrito en Literaturas

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.