el mundo fragmentado

Un país sin bandera

Pancarta o senyera. Este es el trascendental debate que agita hoy a la sociedad política catalana, la más magufa (de magiaufología) según diagnóstico reciente del telescopio Planck. Rotos, civilmente partidos por la mitad, están los nacionalistas entre los que quieren bandera y los que quieren una pancarta bien grande que diga el sábado «Som una nació. Volem decidir. Nosaltres decidim.», apotegmas que no hará falta que traduzca, descartada la posibilidad de hacerlo al sentido común. El debate es una preciosidad paradójica y podrida, desde luego: porque en Cataluña hace más de treinta años que la bandera sólo es una pancarta. Su destino ha sido el mismo que el de la bandera española durante el franquismo: después de décadas de usurpación y manoseo ya sólo representa a los nacionalistas. La dicotomía es falsa y la bandera está malograda para muchos años; pero el debate y sus protagonistas añaden una última lección interesante sobre la corrupción de las costumbres en Cataluña.Así, parecería que el lado de la moderación estaría ocupado por los que defienden que la manifestación arranque con bandera. Y que los descabellados son los partidarios del texto. En realidad sucede todo lo contrario. Los del derecho a decidir defienden a cara descubierta, y con todas las letras, su opción separatista; y sus argumentos son los que de verdad identificarán a los participantes en la marcha. Ni «som» ni «nació» ni «volem» ni «decidir» significan nada ni tienen otro sentido más allá de la ficción. Son astrología, imposición de manos, homeopatías del fracaso racional. Pero tanto más inofensivas cuanto más se las reconozca. La manipulación nacionalista fundamental de estos años ha sido subsumir estas videncias en el tejido abstracto de las cuatro barras catalanas. Desde este punto de vista la posibilidad de que la bandera (teórica) de los ciudadanos catalanes encabece la manifestación es una prueba más de poca vergüenza democrática. Y de aritmética inmoral, por descontado: una y ciento habrá que recordar que el Estatuto sometido a la infección populista no fue votado por la mayoría de catalanes. Por lo tanto no es extraño que el patrocinador de esta opción haya sido el presidente de la Generalitat y su partido: no hay políticos en Cataluña o en España que más vergüenzas tengan que esconder bajo el refajo nacionalista. Y la principal: las múltiples ocasiones en que bajo el pujolismo acusaron a sus rivales de envolverse en la cuatribarrada. Hoy convertida en lo que su nombre indica. Un cuatripartito.

Arcadi Espada

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Escrito por zoemar

10/07/2010 a 18:28

Escrito en Recortes de prensa

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Una respuesta

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  1. Ni nacionalista ni mucho menos separatista. Española antes que catalana, pero catalana cada vez a más honra tras tanta ofensa. Porque lo del T.C es una bofetada a palma abierta, bajo mi humilde punto de vista, a nuestra cultura, lengua e identidad. ¿Cómo no va a ser el catalán lengua preferente en las administraciones y en la televisión de Cataluña si lo es desde que tengo uso de razón (y ya cuento 36 primaveras)? ¿Es una broma?

    Y nuestras cuatro barras, siento discrepar profundamente, no solo representan a los nacionalistas. Repito: no soy nacionalista y respeto (y quiero) mucho a mi bandera, porque es la de mi tierra, la tierra que me vió nacer y donde me he criado. Española, sí, (sin complejos, orgullosa de serlo), pero también catalana (idem).

    Muchos, muchísimos, ayer solo pedían respeto.
    Lástima de los que añadieron la estrella a la senyera.

    Circe

    11/07/2010 a 9:57


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