¿Para qué?
La prohibición de las corridas de toros en Cataluña es otra de las señas de identidad que la mediocridad del tiempo político que vivimos nos va a dejar como legado para los restos. No lo digo tanto por la prohibición en sí, pues en Cataluña esa fiesta ya estaba herida de muerte, sino por los argumentos empleados por unos y por otros: una especie de naturaleza al estilo Disney, en el caso de los abolicionistas, frente a la habitual caspa carpetovetónica en aquellos seguidores de la fiesta que creen que España es poco más que una greguería.
Ni el Parlament es la Inquisición, como absurdamente ha dejado escrito Savater hoy en El País, ni la prohibición es un ataque a la libertad, pues esa libertad está mediatizada diariamente por mil prohibiciones que favorecen nuestra convivencia, también en cuestiones que afectan a la cultura, ese saco antropológico donde algunos guardan su basura cuando les conviene. La decisión se ha tomado con todos los controles de calidad democrática y poco o nada se puede criticar en ese sentido.
Cuestión distinta son las razones y argumentos que han llevado a la prohibición. A mí no me ha convencido ninguno de los que he leído y escuchado a los abolicionistas. De algunos de ellos tengo dudas que sepan diferenciar una caja de pescado de una gamba, pero nadie es perfecto. Sigo prefiriendo mil veces la idea de naturaleza que tiene un furtivo, algunos toreros o más de un mayoral, que la de todos esos llamados animalistas, de cuyos amores desenfrenados por la vida se deberían cuidar muy mucho los animales, empezando por los racionales.