
Josef SudeK. Naturaleza muerta en casa del fotógrafo.1960
Alquiló un pequeño taller que daba a un jardín umbrío y en él trabajó y vivió los cincuenta años que le quedaban de vida. La guerra y la pérdida del brazo habían trastornado su juventud. Los obstáculos en mi camino se convirtieron en mi camino, escribe Nietzsche. La verdadera vocación puede ser un camino que sólo se abre por azar cuando se han cerrado otros que parecían más evidentes. Si no hubieran tenido que amputarle el brazo derecho a la altura del hombro por culpa de una herida de guerra infectada Josef Sudek habría sido encuadernador. Y sin la pequeña pensión de invalidez que le quedó después de la guerra no habría podido dedicarse en cuerpo y alma a la fotografía. Empezó haciendo retratos de los veteranos con los que coincidía en los hospitales, figuras de aquella población de espectros mutilados o enloquecidos que quedó en Europa después de la carnicería, pero iba a tardar algunos años en encontrar su estilo. Con veintitantos años tenía que aprender a vivir con un brazo de menos, a manejar la cámara y los procesos del revelado. Pero más difícil era aprender a mirar aquellas cosas en las que nadie reparaba aunque estuvieran a la vista de todos. Para hacer algo era preciso centrarse: elegir o encontrar una posición fija en el aturdimiento y la variedad del mundo; como ajustar el foco de una lente. Para mirar Praga, Josef Sudek tuvo que irse brevemente de Praga. Viajó hacia el sur y en aquel amanecer italiano -las llanuras fértiles, las distancias brumosas, interrumpidas por casas o árboles- vio de nuevo el lugar en el que su primera vida había sido destrozada por la metralla, y al no encontrar el brazo que le faltaba lo que descubrió fue el otro brazo y la otra mano invisibles gracias a los cuales iba a resonar el misterio de su invención poética.
El caminante de Praga. Antonio Muñoz Molina
