El retroceso cívico y social del Viejo Continente en los últimos años es un indicativo de los tiempos peores que nos aguardan si no tomamos la iniciativa de denunciarlo. El censo gitano de Berlusconi, azuzado por los clamores racistas de una jauría movilizada por la Camorra napolitana; el proyectado en Francia por Sarkozy, cuyo doble filo -menos proteccionista que discriminador- inquieta con razón a quienes guardan el recuerdo del impuesto por Vichy a los judíos; los cupos de expulsión de “irregulares” aplicados ya en Francia, Italia y en nuestro país, pese a los desmentidos oficiales, acrecientan los temores a una deriva xenófoba contra las etnias sospechosas de ser la causa de cuantos males nos abruman. Las pegatinas con el lema “español parado, inmigrante expulsado”, de una inquietante Alianza Nacional que salpicaban las paredes de algunos barrios sevillanos resumen el sentimiento de rechazo y demonización de quienes emigraron como nosotros hace cincuenta años.
El manifiesto para la reforma de la ley, Salvemos la hospitalidad, promovido por Soledad Gallego-Díaz en su magnifico artículo de Opinión en estas mismas páginas (8-3-2009) merece el apoyo de todos. La solidaridad y el respeto de los derechos humanos no pueden ser delito ni infracción como lo fueron en un pasado difícil de olvidar. Vayamos a la raíz de los males: a los países expoliados por el colonialismo y las satrapías que le sucedieron. Habría que devolver allí los millones robados por sus cleptocracias y las nuestras, y evitar así el peaje de vida o de muerte de quienes convierten el Mediterráneo, como leí recientemente, en tumba abierta. La objeción de conciencia a una ley injusta es un derecho inalienable de todo ciudadano.
Recordaré por enésima vez las palabras de Sahrazad en las Mil y una noches, palabras cuya nítida desnudez desmonta las argucias de los Berlusconi que hoy medran y gobiernan: “El mundo es la casa de quienes carecen de ella”.
JUAN GOYTISOLO. Objeción de conciencia. elpais.com
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Salvemos la hospitalidad
14 Abril 2009
Calumnia, que algo queda
17 Noviembre 2008
Me parece una obscenidad que alguien tenga que responder de unas acusaciones cuya única base probatoria es un presunto documento sacado de los archivos de la policía política de una dictadura comunista. Una documento elaborado en un régimen político carente de las más elementales garantías jurídicas, de cuyo origen, motivación y finalidad desconocemos todo y tememos siempre lo peor. Me parece muy acertado que Kundera despache el tema con un simple: es mentira. Este tipo de prácticas inquisitoriales, donde es el acusado quien tiene que demostrar su inocencia y no el acusador quien debe probar la imputación, son muy del agrado de las dictaduras y tiene alguna continuación en algunos países ex comunista: la actual Polonia es un ejemplo. El artículo de Juan Goytisolo, “Calumnia, que algo queda”, publicado en El País, describe perfectamente esta práctica mafiosa contra quienes, casualmente, son siempre críticos con el poder. Desgraciadamente no es nada nuevo. Mi total solidaridad con Kundera.
