
En Koba el terrible, Martin Amis reproduce una frase de Robert Conquest en The Harvest of Sorrow: Soviet Collectivization and the Terror-Famine :
“Quizá podríamos poner un su justa perspectiva el presente caso diciendo que se perdieron veinte vidas, no por cada palabra, sino por cada letra que hay en ese libro”.
Esta frase representa 2.700 vidas. El libro tiene 411 páginas, añade Martin Amis.
Recuerda a Grossman en su Vsie techiet:
“Conocí a una mujer que tenía cuatro hijos. Les contaba cuentos de hadas y leyendas para que se olvidaran del hambre. Apenas podía mover la lengua, pero los llevaba en brazos aunque apenas tenía fuerzas para levantar los brazos solos. El amor seguía viviendo dentro de ella. Y todos se daban cuenta de que donde había odio la gente se moría más aprisa. Pero el amor no salvó a nadie. Murieron todos los de la aldea, desde el primero hasta el último. No quedó en ella ningún vestigio de vida”.
Sigue Amis:
“El hambre era un hambre impuesta: se quitaba la comida a los campesinos. El 11 de junio de 1933, el periódico ucraniano Visti felicitó a un “despierto” agente de la policía política por desenmascarar y detener a un “saboteador fascista” que había escondido pan en agujero tapado con un puñado de tréboles. La palabra fascista. Ciento sesenta vidas”.
La palabra “fascistas”.
Me paro en una de sus primeras reflexiones:
“¿En qué se diferencia un coche comunista de un proselitista comunista? Respuesta: En que al proselitista le puedes cerrar la puerta. He aquí una paradoja reveladora: siempre se ha podido bromear a costa de la Unión Soviética, pero nunca sobre la Alemania nazi. No es sólo una cuestión de respeto. En el caso alemán, la risa se va automáticamente. Con el permiso de Adorno, no fue la poesía lo que se volvió imposible después de Auschwitz. Lo que se volvió imposible fue la risa. La inmersión en los hechos de la barbarie bolchevique puede aumentar la resistencia a admitirlo, pero dicha inmersión no borrará nunca la risa de la barbarie”
Así pues, 11.850 vidas.
